Cine. Misterios de Lisboa

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Misterios de Lisboa

Reseña:
Año de producción: 2010
País: Brasil, Francia, Portugal
Dirección: Raoul Ruiz
Intérpretes: Adriano Luz, Maria João Bastos, Ricardo Pereira, Clotilde Hesme, Léa Seydoux
Argumento: Camilo Castelo Branco (libro)
Guión: Carlos Saboga
Música: Jorge Arriagada
Fotografía: André Szankowski
Duración: 256 min.
Género: Drama

En la mejor línea de Dickens, Dumas o Flaubert, el desconcertante Raúl Ruiz regala un cine tan deslumbrante como ameno e interesante, aunque con una posible gran pega: dura algo más de cuatro horas.

En esta Lisboa de intrigas e identidades ocultas, nos cruzamos con una galería de personajes que están vinculados en cierta manera al destino de Pedro da Silva, un huérfano interno en un colegio: el padre Dinis, un descendiente de aristócrata libertinos convertido en justiciero; una condesa corroída por los celos y con sed de venganza; un pirata sanguinario convertido en un próspero hombre de negocios. Todos estos y muchos más personajes se pasean por la historia del siglo XIX y acompañan a nuestro protagonista en la búsqueda de su verdadera identidad.

Son razonables los temores de cualquiera ante una película muy larga. Si alguien requiere hacer ese ejercicio, debe saber que merece la pena. El argumento decimonónico, basado en la obra de Camilo Castelo Branco, está en la tradición de un Charles Dickens, un Alejandro Dumas, un Victor Hugo o un Benito Pérez-Galdós. A lo largo del mismo se acumulan tramas y subtramas como en esos cuencos de cerezas, donde al tomar un par, te llevas de la misma tacada otras cuantas.

La columna vertebral de la historia la da la voz en off del huérfano Pedro da Silva.  Decenas de historias folletinescas surgen aquí y allá, unas encierran a otras o se superponen, y todas contienen, en torno a numerosos personajes, una retahíla de secretos inconfesables, amores ardientes, pecados que necesitan ser purgados… Misterios en suma, pero que conducen no a hundirse en el fango, sino a la redención.

La puesta en escena de Raoul Ruiz es sobria y elegante. Resulta agradecible además que la época no sea reinterpretada con baremos modernos, sino mostrada como el director cree que debía ser. Todos los actores están muy bien, y resultan irreconocibles, para bien, cuando adoptan identidades diferentes. Se presenta un siglo XIX creíble, en el que la culpa, la búsqueda de la verdad y la redención no se ridiculizan presentando clichés postmodernos. Estamos ante una película bellísima de un tempo distinto pero que se acerca al espectador actual gracias a la amenidad y el atractivo heredado de la novela por entregas (Decine21 / Almudí JD).

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