Artes Escénicas. Opera “Capriccio”. Richard Strauss. 2014

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Durante el viaje a Canadá y Chicago, tuvimos la posibilidad de disfrutar de una magnifica pieza de uno de los grandes compositores de la Historia: la ópera “Capriccio” de Richard Strauss.
El trabajo principal de esta obra se realizó en 1941, y se estrenó en octubre de 1942. Frente a lo que su autor opinaba de su propia obra: “Ésta no es una pieza para un público de 1.800 personas por noche. Tal vez sólo un manjar para sibaritas culturales”, los hechos hablan por sí solos y desmienten sus palabras desde el primer día que se estrenó. Strauss y su nuevo libretista, un director de orquesta mundialmente famoso, no quisieron hacer una ópera en el sentido usual, sino filosofar sobre la ópera. En la obra había que tratar intelectualmente y representar teatralmente la cuestión fundamental de si en una obra de teatro musical predominan el texto o la música. ¡Pero se convirtió en ópera! Una ópera inteligente, donde se personifican ingeniosamente las ideas y a los problemas concretos se añaden conflictos personales muy bien concebidos
Argumento. La ópera transcurre en un castillo en las cercanías de París, en la época de los primeros éxitos de Gluck en esta ciudad, o sea en 1775. Y los personajes serían: La condesa (soprano); el conde, su hermano (barítono); Flamand, músico (tenor); Olivier, poeta (barítono); La Roche, director de un teatro (bajo); la actriz La Clairon (contralto); monsieur Taupe, el apuntador (tenor); dos cantantes italianos (soprano y tenor); el mayordomo, criados, músicos, etc.
Entre los personajes, especialmente entre Olivier y Flamand, es decir, el poeta y el músico, se desata el debate sobre el que Strauss quiere reflexionar y que podríamos resumir en italiano con la cuestión: “Prima le parole, dopo la musica o prima la musica, dopo le parole?”, Clemens Krauss, libretista en esta obra de Strauss, traslada la acción a la época de la reforma operística de Gluck, en la que era de máxima actualidad la cuestión de cuál de los dos factores, la poesía o la música, era más importante. Mozart había denominado a la poesía “criada obediente de la música”, pero, para Gluck, los papeles se habían invertido: el texto era el fundamento inamovible, en cierta manera el dibujo del cuadro al que la música solamente añadía los colores.
Clemens Krauss creó a partir de esta cuestión (que agita desde hace más de tres siglos, es decir, desde que existe la ópera, a los espíritus ligados a ella) un libreto ingenioso, entretenido, lleno de vida, que fascinó al anciano Strauss. Figuras muy bien concebidas que ejecutan una acción animada en torno a la disputa entre el poeta y el compositor, una mirada en el taller, tras los bastidores de la creación y del teatro, conversaciones sobre cuestiones artísticas: todo está unido, preparado de manera entretenida y presentado de manera magistral.
Igual que Verdi, Strauss se despide de la vida y del arte con una sonrisa sabia, alegre y bondadosa. El problema fundamental de la ópera, la importancia de la poesía y de la música, interesó vivamente a Strauss durante toda su vida. Al igual que muchos grandes compositores, se esforzó por conseguir la unión total de los dos elementos en el nivel más alto. Obtuvo la colaboración de grandes poetas y de los más hábiles conocedores del teatro para que la música no tuviera un peso excesivo. Y también allí, donde expone el problema por sí mismo, consiguió una partitura ideal que combina de manera perfecta la poesía y la música. La palabra ejerce su derecho allí donde anuncia cosas decisivas; la música, allí donde la atmósfera que crea es lo más importante. El maestro de 87 años regaló al mundo, con “Capriccio”, una partitura de gran belleza en la que la sabiduría magistral se complementa con la madurez humana y los sentimientos delicados.

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